El otro día, subiendome a un colectivo 60 en plena hora pico, podría jurar que vi al hijo de Satán. ¿Alguno vio "La Profecía"? Bueno, yo venía subiendo y siento un ser humano de muy corta estatura empujandome de atrás con cierta maldad. Subo, saco el boleto, me instalo en el pasillo y la veo. Una nena con cara diabólica, medio colorada, sacando el boleto atrás mío. Cuando les digo cara diabólica, es porque era igual al nene de "La Profecía". Rasgos de rata, cara chiquita, pecas... la clásica nena hija de puta. Mientras mentalmente mi cabeza generaba el diálogo con el novio imaginario que tengo:
-Amor, tiene cara de rata.
-Si gordo, ya sé. Es una condición patológica llamada Mousesismo.-¿En serio?
-No, pero como estudio medicina vos me crees lo que te diga.
Ambos nos reimos igualitos a las parejas de las novelas de los 90 de los yankees.-
Conversación en mente, no podía parar de observar a este pequeño Satán en uniforme escolar. Miraba a todos en el colectivo con cara de "soy el hijo del Diablo y planeo volverlos locos a todos ustedes", y con expresión de luchador, nos dejaba en claro que iba a empujar a quien tuviera que empujar, para viajar cómoda. Esto me llevó a ir analizando mentalmente durante el viaje, la vida que uno lleva en los transportes públicos.
Ahora que soy una mujer de empresa (empecé a trabajar en una que no voy a nombrar, ya que firmé un contrato de confidencialidad y me lo tomo muy a pecho), les cuento señoras y señores, que utilizo el tren más seguido que nunca. Si bien, antes viajaba en ese medio cada tanto, hoy en día me toca tomarlo diariamente, y me pareció lindo hacer un análisis de lo que nosotros, los señores "ganado", tenemos que vivir constantemente.
Primero, les aviso, que soy una de las pocas personas, si me permiten calificarme como tal, que no toma el subte. Debería hacerlo, para llegar antes a la facu, pero nada me aterra más que eso. Desde el punto de bajar esas escaleras horribles, hacia el agujero del infierno, hasta el subirlas empujada por un montón de gente. Ya descendiendo me imagino la escena de los hombres topo de Los Simpsons. No somos enanos de Tolkien, no nos llevamos bien con las cosas subterráneas. ¿Y por qué digo esto? Porque nos chocamos, porque nos cagamos de calor, porque los subtes andan como el orto, porque sus puertitas feas se cierran rápido, porque nos empujamos y apretamos para llegar a destino. Es la muerte. Y la idea de que se quede en pleno recorrido, me atormenta por las noches. ¿No aprendimos nada de Volcano? Por favor, si viene la lava, estamos condenados.
Pero bueno, lo que más utilizo es tren y colectivo. Cabe aclarar que lo hago porque NO ME QUEDA OTRA. Si tuviera auto (y mis cortas piernas llegaran al acelerador), me bancaría el tránsito... por lo menos podría ir cantando sin que me jodan, hasta podría irme en pantuflas sin que me miren mal. En bici no viajaría ni mamada, ya que, primero que nada, corro el bondi dos cuadras y escupo el pulmón, asi que pedalear hasta el laburo para llegar chivada y cerca de un ataque cardíaco, es contraproducente. Si tuviera el estado físico, tampoco lo haría. ¿Para qué exponerme a que un chorro me saque mi medio de transporte, un colectivero me estampe contra el asfalto en uno de sus malditos intentos de demostrar que son más capos porque "el seguro me cubre todo y lo tengo más grande que vos - al vehículo, obvio-", si al fin y al cabo es para ganar los queridos moralcos? No, no me jodan, no queda otra que hacer como el 90% del país, y tomar los medios de transporte convencionales.
El tren ha logrado ganarse un lugar en mi corazón. Y le costó un huevo eh. Sí, andan para el ojete, siempre tienen demora, o te clavan en una estación incómoda porque se les ocurrió hacer paro, o "porque sí" (esa es la explicación que nos damos mentalmente, visto y dado que nunca viene algún iluminado de la empresa a explicar los motivos por los que estás hace 40 minutos en la estación Rivadavia). Tiene esas contras... Ahora que lo pienso, tiene más contras. Se te cae un cacho de techo (juro que mi viejo tuvo que pasar la mitad de su viaje en uno de estos vehículos, sosteniendo un cacho de techo que se caía en su cabeza), en el furgón hay olor a orina de algún borrachín, las puertas también andan como el orto. De hecho, si usted viene con necesidad de un poco de contacto humano, tiene la opción de tomarse un tren en hora pico y ser tocado de miles de maneras inimaginables. Juro que el otro día sentí a un degenerado franelear contra mi pierna cual perro en celo. Estas cosas hacen que sea muy odioso tener que ir a trabajar...
Bueno che, no todos somos perfectos, todavía sigue en mi corazón. No voy a negar, que los días en que viajo con 3 viejos apoyandome con un poco de olor a rancio, me irrita hasta lo más profundo de mi ser. Pero he visto cosas divertidas en mis viajes. ¿Quién no sonrió al escuchar "Solo el amor salvará el mundo"? ¿Quién no ha visto a dos muchachos músicos, encarar una discusión con el señor que pide siempre, y le falta una pierna? (esa fue genial, uno de los pibes le pegó una patada a la pierna útil que tenía, y lo dejó tirado en el piso). Esas cosas te cambian el día. Te sacan de la rutina, y te arrojan derecho al pasto. La típica vieja que grita "muevansé que no anda la puerta, ¡contesten mierdas!"... MOMENTO. Mientras escribo esto, vuelve de mi inconsciente un recuerdo reprimido...
Marzo de algún año lejano. Tren a Retiro. Un calor sofocante. Olor a chivo concentrado en el vagón. De repente... catástrofe. El tren se frena, entre estación Victoria y Beccar, se apagan luces y, obviamente, aire acondicionado muere. Pasan los minutos. Pasan 20 minutos. Yo, primeras veces viajando solita en el tren, empiezo a ponerme ligeramente nerviosa. Un muchacho morenito, con esos cortes que usa la gente ahora (por no decir, esa aberración que se hacen en la cabeza de raparse de formas raras) empieza a ponerse nervioso y golpear las ventanas. El calor logra que todos arranquemos a gotear cual botellas de birra. Una señora, muy pituca, empieza a decir la frase "Pero qué barbaridad". Me logra inquietar significativamente. Media hora ahi, y comienzo a imaginar el escape, con inflables saliendo de las puertas del tren (onda avión en aterrizaje de emergencia), bomberos, sirenas, mujeres gritando histéricas. Por amor de Dios, que alguien haga arrancar este tren, porque no salgo viva de acá. La gente se altera, golpea las puertas. Agarro mi celu, y llamo a un amigo. "Hablame que me pongo nerviosa". Unos segundos después, el tren, como si fuera tocado por las mismísimas manos del Mesías, arranca. De repente, caigo en que soy una maricona. (Creo que se relaciona con mi miedo de la infancia a los ascensores, y mis hermanos frenandolos en pleno viaje, apagando las luces, y poniendose a luchar conmigo para torturarme).
Pero bueno, a todos nos toca crecer y resignarnos a viajar como ganado. Total.. en invierno, en época de sequía, siempre podés contar con un degenerado que te haga el favor de olerte el cuello.
Tu corazón debe ser muy grande, Mariu. ODIO el tren. Con todas mis fuerzas, la gente que te apoya, la gente que te respira cerca, los que van con el pelo suelto y te vas masticando su pelo desde Burzaco hasta Constipación, los vendedores con los equipos pasando románticos latinos a todo volumen sin un solo grave, la gente que no se baña, los que toman vino a las seis y media de la mañana de un martes... el que se agarra de vos. DIOS. ODIO EL TREN. Larga vida a las combis.
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