Muchachos, perdí la paciencia. Les juro. Yo siempre fui una chica re calmada, amorosa. Sé que soy una buena mina, y en algunos momentos todo un panquecito, hasta he notado que la gente tiende a abrazarme (tal vez porque me parezco a un osito de felpa en todo sentido). Pero si hay algo para lo cual tengo mi carácter de mierda, es para los hombres. Me sacan de quicio. Ahí pierdo toda la diplomacía, y se va todo al re carajo. Creo que este blog, puede servir como prueba de ello, y como prueba de que tengo SERIOS cambios de humor.
Ayer por ejemplo, me fui de compras. Una mujer con tantos temitas psicológicos como yo, no es sorpresa que sea medio compradora compulsiva. Pero ayer creo que perdí mi escencia. Compré un montón, obvio. Pero sin ganas, enojada, puteaba por lo caro que está todo, no me daba ganas de probarme nada. Esto es buenísimo para mi tarjeta de crédito y mi billetera, pero… chicos, el sexo masculino me quitó hasta las ganas de comprar!!! ESTO NO ES BUENO PARA MI ESPÍRITU. Todo esto gracias a una serie de eventos desafortunados.
Resulta que venía notando que tengo un serio imán para el hombre bígamo, ya que “hombre en quien me fijo = tiene novia”. Si no era así, era “hombre que me da bola= tiene novia”, y la peor, “hombre que me da bola=me deja para ponerse de novio”. Esto no sólo me hizo pensar que alguna persona malvada, agarró un muñeco budu mío, y lo ató a un pirata de juguete, sino muchas cosas más. Cosas como que el radar es interno, inconsciente, y una garcha. Cosas como que sólo atraigo esa clase de hombres porque doy imagen de “la amante”. Cosas como que todos los hombres son una reverenda mierda y se cagan todos en las mujeres, y que seguramente no quede nada decente allá afuera. Todo eso te hace pensar el hecho de andar revoloteando con un hombre con compromisos previos. Ojo, no necesariamente tiene que haber una relación con el susodicho. Ponele que lo conociste en un cheboli, hubo onda, hubo chape, hubo franela. Y de repente, tiene novia el desgraciado. También te genera bronca. ¡Cagate en tu novia nomás, cagate en todo el género femenino!. He sido acusada de extremista, exagerada, pero no me parece tan trillado creer que un hombre que engaña a su mujer es una reverenda mierda y se le deberían extirpar los testículos. Y que si yo soy cómplice en el engaño (lease: siendo la otra parte engañante), soy tan mierda como él. Pero confieso haber pecado, y haber sido una mierdita.
Chicos, he tenido flacos cercanos al altar llamándome por teléfono todo el tiempo diciéndome “Dale, ella no se entera, quiero que seas mi despedida de soltero” ¿WTF? ¿Dónde quedó el respeto por el matrimonio? Eso mismo le contesté yo, pero el tipo me decía que para él no era engaño porque no era tener una relación, sino pura y exclusivamente físico. Convengamos que medio que le correspondía yo con el histeriqueo, o sea que yo también me pasé la idea del matrimonio por el traste. Y bueno, loco, la carne es débil, el invierno frío, y uno tiene que ser de acero para no ceder ante tanta insistencia.
Les voy a contar. Luego de este pibe (aquí el caso “hombre que me da bola= tiene novia”), anduve dando vueltas con otro -bastante mencionado en este blog- quien me cortó el rostro de un día para el otro, porque se estaba chamullando a una compañera y la piba agarró viaje, así que se pusieron de novios ( caso “hombre que me da bola = me deja para ponerse de novio”). Todos leyeron lo encabronada que quedé con el género masculino, pero nuevamente me puse al ruedo, y una noche sin planearlo, conocí al gordi. Yo venía chocha por el boliche, lo cagué a cornetazos, y surgió la onda. El gordi pintaba copado, medio tierno (no es algo tan positivo, people), y por sobre todas las cosas, no desapareció al día siguiente de conocernos. Más bien, el pibe no sólo apareció al toque, sino que apareció y apareció semana tras semana, los miércoles, los sábados. Un gentelman. Se bancó mis 8 millones de “no puedo, estudio este finde”, y siempre fue muy atento a la hora de contestar. Pero, como estoy destinada a la bazofia, un día facebook me indica lo que todos esperábamos. Tenía novia. Me cago en mi salud, siempre lo mismo. Lo encaré, y empezó la cadena de excusas que ya me conozco de memoria:
-Vos y yo la pasamos bien, no lastimamos a nadie.
-Ella no importa, estamos en las últimas.
-No vas a tener quilombos, te lo prometo.
-Va más allá de si estoy con alguien o no, nos conocimos de casualidad y no quiero perderte.
Bla Bla Bla (algunas más cursis, y no las reproduzco por vergüenza ajena). El problema mayor tal vez, fue que el pibe me hacía el papel del novio de América, de vos me importás. Claramente, yo sabía que no era así, porque los hombres son todos inconsistentes, más allá de si tienen pareja o no, y siempre desconfío de sus palabras melosas. Así que lo mandé a freir churros. Pero la carne es débil, he dicho, y el invierno traicionero.
Así fue, que el día del amigo, me encontré recibiendo sms de el susodicho gordi. Nuevamente con excusas típicas y conocidas, le volví a cortar el rostro, pero esta vez dejando lugar a un reencuentro cercano, y a mi meditación por la situación.
Enojada estaba, de haber cedido ante las mentiras masculinas, que fue que sucedió. Demostré ser una cabrona. Venía volviendo de la cena amiguera, con un poco de humo saliendo de mi cabeza gracias al gordi, caminando sola por la calle en un horario tardío, y un pendejo concheto de 18 añitos se me hizo el loco. Venía sacadito, claramente porque no sabe tomar, y me gritaba obscenidades y se hacía el cancherito. Yo, sola en el medio de la noche, me di vuelta y lo empecé a encarar. Pero no fue un encare de mujer pajera. Fue encare de muchacho de cancha enojado porque su equipo descendió a la B. Lo entré a apurar, empecé a acercarme bien cabreada, y a hacerlo retroceder al medio de la calle en una avenida. Atrás, los amigos corriéndolo, diciéndole: “pibe, es una mina, no seas pelotudo”, mientras el nene me decía “¿querés que nos vayamos de manos?” y yo le contetaba: “DALE PEDAZO DE FORRO, NO TENES HUEVOS”, con mis botas de plataforma, la boinita, y lentes de mujer bien. Sacada como estaba, mientras lo apuraba, los amigos me pedían disculpas de parte de él, y yo les indicaba que lo calmaran porque lo iba a calmar yo, y si no lo calmaba yo, se encargaría la cana. Me sentí poderosa. 15 nenes de 18 pidiéndome disculpas, y un pelotudo retrocediendo con cagaso. Mientras en mi mente cebada pensaba “en mi barrio no se jode”, pasó algo que nunca voy a olvidar. Un niño de 18, con cara de nene angelical, me mira y dice: ”SEÑORA, perdoneló, no la pone hace rato”.
De más está decir, que la situación terminó en una cagada a pedos de mi parte, continuar la caminata a mi casa, y acostarme en mi cama. Pero mientras intentaba dormirme, logré ver que podrían haberme cagado a piñas entre 15 flacos. Supuse que me saqué, porque después de 4 años de laburar en una zona conchetísima de San Isidro, descubrí que si hay algo que odio y me repugna, es el pendejo conchetito que se la da de capo. Me parecen la mugre humana. Siempre pensé que los cagaría a golpes, pero nunca imaginé que estaría tan cerca. Análisis tras análisis, me di cuenta que me pasaba sólo con el género masculino, que las pendejas conchetas que se hacen las cancheras no me molestaban, y llegué a la verdad de mi vida. Mi relación con el cromosoma Y, es una relación amor-odio. Odio a los hombres, y los amo. Me encantan los hombres, pero en el fondo los desprecio. No puedo calificar como torta por eso, porque también los amo. (Y porque no me gustan las mujeres).
A parte de lo obvio, (lease: problemitas mentales de quién escribe, que serán tratados en terapia en algún momento), puedo asegurar que ellos me dieron los motivos para odiarlos. Desde Augusto, mi novio de la infancia, que me rompió un ojo con una rama en la casita del árbol, y años después tuvo el tupé de no aceptarme en facebook, hasta el gil que me manda mensajes diciendo “no es a escondidas, pensá en lo lindo que la pasamos juntos, no vas a tener problemas”. Entonces, mi mensaje a todos los hombres que me pueda cruzar por el resto de mi vida es: NO SE SORPRENDAN. No se sorprendan si soy medio forra, si soy medio desconfiada, si los “cosifico” (como me dijo alguien una vez). Es producto de enseñanzas de la vida.
Francamente, (¡si lo habré dicho ya en este blog!), considero que estoy condenada.
¿Uds que dicen?